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Leyendas Urbanas

Historias a medio camino entre la ficción y la realidad

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La verdadera leyenda del acueducto de Segovia

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La leyenda del acueducto de Segovia es bien conocida entre los segovianos de pro, pero no así en el resto del mundo. Aunque tal vez sepas que el acueducto lo construyeron los romanos hace casi 2.000 años (los últimos estudios dicen que entre el 112 y 118 d. C.), la versión popular difiere bastante y atribuye su creación ¡al mismísimo Diablo!

Si quieres conocer esta oscura historia, sigue leyendo.

La leyenda del acueducto

la leyenda del acueducto

Hace mucho tiempo vivía en Segovia una joven criada que, para llevar agua a la casa donde servia, tenia que hacer a diario una largo paseo hasta un manantial que había en la montaña. Esa era la fuente más cercana y, en un lugar donde abundan las cuestas, el camino se hacía largo y tortuoso.

Un día, harta de llevar el cántaro, exclamó exasperada: «¡Daría lo que fuera porque el agua llegara sola a las puertas de la ciudad para no tener que volver nunca a recorrer este camino!». «¿Lo que fuera?», preguntó una voz a sus espaldas. La joven se dio la vuelta sobresaltada, encontrándose con un caballero de aspecto galante y suaves maneras. Viendo el aspecto del hombre se tranquilizó, y recuperando la compostura dijo que sí.

«Entonces quizás pueda ayudarte afirmó el misterioso desconocido, pero tendrás que darme algo a cambio». La chica intrigada preguntó qué podría darle, pues siendo criada no tenía nada de valor. Él rió: «claro que sí, tu alma».

Sin duda era una rara propuesta, y un hombre más raro aún. Sin embargo, ella no creía mucho en el alma, y pensando que no tenía nada que perder, aceptó el trato. Aunque antes de sellarlo con un apretón de manos, y al ver la sonrisa socarrona de su interlocutor, añadió una condición: solo entregaría su alma si el problema del agua se resolvía aquella misma noche, antes de que cantase el gallo.

El desconocido aceptó la condición sin oponerse, y después pasó algo muy extraño: se desvaneció como si nunca hubiera estado allí. Creyendo que todo había sido una ilusión causada por el cansancio, la criada siguió su camino hasta casa y no le habló a nadie de lo ocurrido. Sin embargo, aquella noche se fue a la cama presa de un vago temor.

Ya en plena noche, la despertó lo que parecía ser una formidable tormenta. Salió a la calle para ver qué ocurría, y le extrañó que no hubiese tormenta alguna y que ningún otro vecino se hubiese despertado con el ruido. Inquieta, decidió acercarse al mirador que había junto a la puerta de San Juan, para descubrir el origen de aquel estruendo. Al llegar allí, no dio crédito a lo que vieron sus ojos.

Una ejercito de diablillos venía desde las afueras iluminando el camino con teas ardiendo. Marchaban en hileras, transportando sobre sus hombros grandes piedras de granito. Al frente de la infernal comitiva se encontraba el misterioso desconocido que le había abordado aquella tarde, solo que ahora aparecía transfigurado. Su traje envuelto en llamas y un par de enormes cuernos le revelaban como el mismísimo Satanás. El Diablo dirigía a sus esbirros, que apilaban las piedras formando un gran acueducto. A juzgar por el vertiginoso ritmo de trabajo, la obra no tardaría en estar acabada.

La muchacha tembló de miedo ante la escena. Sin duda aquel acueducto es el que habría de llevar el agua a la ciudad antes de que cantase el gallo. ¿Acaso iba a perder su alma por una estúpida apuesta?

Dicen que la desesperación agudiza el ingenio, y tras pensar durante un buen rato se le ocurrió una gran idea. Volvió corriendo a casa, donde todos dormían a pierna suelta ajenos al lo que pasaba fuera (sin duda victimas de algún encantamiento). No se preocupó por ellos, encendió una vela y bajó a los corrales. Allí pasó la vela por delante del gallo, hasta que este se despertó y, al ver la luz, cantó con todas sus fuerzas creyendo que el sol ya había salido.

En el Azoguejo, el Diablo escuchó con rabia el canto del gallo. Le parecía que aún faltaban un par de horas para amanecer; además, solo faltaba una piedra para terminar el acueducto. Pero un trato era un trato, y hasta Belcebú está obligado a cumplirlos, así que desapareció en medio de grandes maldiciones, llevándose consigo a a todos sus secuaces y sin poder reclamar el alma de la criada.

A la mañana siguiente, los asombrados segovianos observaron el imponente acueducto. La criada contó su historia y las autoridades acordaron poner en el hueco de la última piedra una estatua de la Virgen de la Fuencisla, para proteger a Segovia del Maligno. Y desde entonces el agua fluyó desde el manantial hasta la ciudad sin que nadie tuviese que salir a buscarla.

Otra versión de la leyenda del acueducto dice que la criada se pasó la noche rezando y Dios, conmovido por sus plegarias, adelantó la salida del sol para que el Diablo perdiera la apuesta. Personalmente yo prefiero la versión en la que el Demonio es derrotado gracias a la astucia y no a la intervención divina.

¿Te ha gustado la leyenda del acueducto de Segovia, lector fantasma? Compártela para que todo el mundo la conozca, y no olvides suscribirte a mi newsletter si quieres estar al tanto de mis próximas historias.

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